
Un examen, una mala nota, una competición… Las situaciones normales de la infancia pueden convertirse en una gran fuente de ansiedad cuando el niño siente que no puede equivocarse. Vivimos en una sociedad donde el rendimiento tiene mucho peso. Buenas notas, idiomas, deportes, actividades… Y, muchas veces sin darnos cuenta, podemos transmitir a nuestros hijos que siempre tienen que hacerlo mejor. Frases como “tienes que esforzarte más”, “podrías hacerlo mejor” o “mira cómo lo hace tu compañero” suelen decirse con buena intención. Queremos ayudarles y prepararlos para el futuro. Pero la mente del niño puede interpretarlas de manera diferente: “Si no lo hago bien, decepciono a mis padres.” Y entonces el problema ya no es el examen. Es el miedo a no estar a la altura de las expectativas. Deberíamos recordar que el error también forma parte del aprendizaje Los niños necesitan saber que equivocarse no cambia el amor ni el valor que tienen para sus padres. Podemos valorar el esfuerzo sin exigir perfección. Preguntar qué han aprendido en lugar de centrarnos únicamente en la nota. Animarlos a volver a intentarlo después de un error. Hacerles saber que confiamos en ellos y que nuestro cariño es incondicional. Porque un niño que sabe que puede equivocarse sin perder nuestra aprobación disfruta de aprender y se enfrentará a las dificultades con confianza. 2. Continuamente estamos comparando a nuestros hijos “¿Qué nota ha sacado tu hijo?” “¿Ya sabe leer?” “¿Por qué no se apuntó a matemáticas como otros compañeros?” Comparar parece algo inevitable. Comparamos notas, habilidades, deportes, comportamiento e incluso el desarrollo de nuestros hijos. Pero para un niño, la comparación puede transmitir un mensaje muy poderoso: “Para ser suficiente no puedo ser menos que los demás.” Algunos niños responden intentando destacar constantemente. Otros empiezan a sentirse inferiores. En ambos casos puede aparecer ansiedad. Debemos aceptar que cada niño tiene su propio ritmo. Las frutas de un mismo árbol proceden todas de la misma semilla y sin embargo, no todas maduran al mismo tiempo. Nuestros hijos no necesitan ser los mejores de la clase, los más rápidos o los que más actividades realizan. Necesitan sentirse valorados por quienes son. Cuando un niño sabe que no tiene que competir por nuestro cariño, puede esforzarse, perder, equivocarse y volver a intentarlo con mucha más tranquilidad. Y, sobre todo, será un niño feliz. 3. Padres ansiosos, hijos ansiosos Queremos proteger a nuestros hijos. Queremos que tengan un buen futuro, que no sufran y que estén preparados para las dificultades. Pero, a veces, nuestra preocupación puede terminar llegando hasta ellos. Miedo a que fracasen. Miedo a que se queden atrás. Miedo a que no estén suficientemente preparados para un futuro cada vez más competitivo. Y ese miedo puede convertirse en exceso de control, preocupación constante o presión. Los niños no solo escuchan nuestras palabras. También perciben cómo nos sentimos. Una pregunta importante: Cuando nuestro hijo está nervioso, podemos preguntarnos: “¿Estoy intentando calmarlo a él o estoy intentando calmar mi propia ansiedad?” A veces reaccionamos rápidamente: damos consejos, solucionamos, corregimos o intentamos evitar que nuestro hijo pase por una situación difícil. Pero quizá lo que necesita en ese momento es algo mucho más sencillo: un adulto tranquilo a su lado que le muestre su apoyo y confianza. No podemos evitar que nuestros hijos se equivoquen, pierdan o tengan dificultades. Lo que sí podemos enseñarles es que esas experiencias no son una catástrofe, al contrario, son parte intrínseca del aprendizaje. Porque cuando un adulto transmite seguridad, el niño aprende poco a poco que puede enfrentarse a las dificultades sin vivirlas como una amenaza. 4. La calma también se aprende en casa Los niños aprenden mucho de lo que les decimos, pero también de lo que observan. Si en casa vivimos constantemente preocupados por las notas, el futuro, el trabajo, el dinero, el rendimiento o lo que piensan los demás, nuestros hijos pueden aprender que la vida es un lugar en el que siempre hay algo de lo que preocuparse. No se trata de ser padres perfectamente tranquilos. Se trata de observar qué estamos transmitiendo. Antes de regular a nuestros hijos, podemos regularnos nosotros. Cuando nuestro hijo está nervioso, quizá lo primero no sea darle una solución. Podemos parar, escuchar y transmitir algo tan sencillo como: “No te preocupes. No estás solo. Vamos a resolverlo juntos.” Los niños necesitan espacios donde no tengan que demostrar nada. Momentos en los que puedan equivocarse, descansar, jugar y simplemente ser. La ansiedad no siempre desaparece con más consejos. A veces necesita menos presión y más seguridad. Porque, así como la ansiedad puede contagiarse, la calma también se contagia. Y quizá uno de los mejores regalos emocionales que podemos dar a nuestros hijos sea enseñarles, con nuestro propio ejemplo, que no se nos exige ser los mejores y que los adultos que nos acompañan nos ayudarán a dar lo mejor de nosotros mismos.